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Análisis Artístico

Muros que sueñan: la arquitectura como paisaje interior en la pintura de Remedios Varo

Remedios Varo
Muros que sueñan: la arquitectura como paisaje interior en la pintura de Remedios Varo

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Hay pintoras que ubican a sus personajes dentro de espacios. Remedios Varo, en cambio, hacía que los espacios fueran sus personajes. Sus edificios no constituyen meros fondos decorativos: son entidades con voluntad propia, capaces de crecer, doblarse, ocultarse o abrirse como flores nocturnas. Para quienes se acercan a su obra desde la historia del arte, estos escenarios arquitectónicos representan uno de los territorios más fértiles y menos explorados de toda su producción pictórica.

El edificio como cuerpo: anatomía de lo imposible

En la tradición occidental, la arquitectura ha sido sinónimo de orden, racionalidad y dominio sobre el entorno. Las catedrales góticas aspiraban al cielo con geometría calculada; los palacios barrocos imponían la voluntad del poder sobre el espacio. Varo subvierte esta lógica de manera radical. Sus construcciones obedecen a una física alternativa, regida no por las leyes de la gravedad sino por las leyes del deseo, el miedo y la memoria.

Obsérvense, por ejemplo, las torres que aparecen en obras como Exploración de las fuentes del río Orinoco o La huida. Estas estructuras verticales no remiten a ningún estilo arquitectónico reconocible: son síntesis de múltiples tradiciones —medievales, orientales, fantásticas— que Varo depuró hasta convertirlas en formas arquetípicas. Sus muros parecen porosos, como si el interior y el exterior pudieran intercambiarse en cualquier momento. Las ventanas se abren en lugares inesperados, sin ninguna relación lógica entre sí, sugiriendo que cada apertura corresponde a un estado emocional distinto más que a una necesidad funcional.

Esta porosidad entre interior y exterior no es casual. Varo conocía bien las teorías psicoanalíticas que circulaban en los círculos surrealistas europeos, y su relación con figuras como André Breton durante sus años de exilio en México la mantuvo en contacto permanente con los debates sobre el inconsciente. Sin embargo, su aproximación a estas ideas fue siempre más intuitiva que dogmática, más poética que teórica.

Escaleras hacia ninguna parte: el vértigo como método

Pocos elementos arquitectónicos resultan tan recurrentes en la obra de Varo como las escaleras. Aparecen en múltiples variantes: espirales que se enroscan sobre sí mismas, peldaños que ascienden hacia techos sellados, tramos que se interrumpen en el vacío. En la tradición onírica, la escalera es uno de los símbolos más cargados de significado: representa el tránsito entre estados, la aspiración hacia algo que se encuentra más allá del plano cotidiano.

En Varo, sin embargo, estas escaleras frecuentemente fracasan en su promesa de ascenso. No conducen a ninguna revelación visible, no desembocan en ningún umbral accesible. Esta negación del destino arquitectónico puede interpretarse como una reflexión sobre la condición del exiliado —Varo abandonó España durante la Guerra Civil y vivió en París antes de instalarse definitivamente en México— pero también como una meditación más universal sobre la búsqueda espiritual. El camino importa más que la llegada; la escalera que no termina es, paradójicamente, la más honesta de todas.

Desde una perspectiva progresista en la lectura del arte, resulta significativo que estos espacios laberínticos sean habitados con tanta frecuencia por figuras femeninas. Las mujeres de Varo no se encuentran atrapadas en estas arquitecturas imposibles: las habitan, las negocian, las transforman. Hay una diferencia fundamental entre la trampa y el laberinto elegido como territorio de exploración.

Habitaciones que respiran: la intimidad como cosmos

Si las torres y escaleras de Varo representan el movimiento y la búsqueda, sus habitaciones interiores encarnan la quietud reflexiva. Pero no se trata de una quietud pasiva. Las estancias que pinta poseen una densidad casi táctil: están cargadas de objetos, instrumentos, libros, sustancias en ebullición. Son laboratorios tanto como dormitorios, capillas tanto como talleres.

En Naturaleza muerta resucitando, los propios alimentos escapan de la mesa y ascienden hacia el techo en una danza gravitatoria que convierte la cocina —espacio doméstico por excelencia— en un altar de lo imposible. La habitación no contiene la vida: la genera. Esta capacidad de los espacios cerrados para producir fenómenos extraordinarios es una de las marcas más reconocibles del estilo de Varo, y conecta directamente con la tradición alquímica del vas hermeticum, el recipiente sellado donde se produce la Gran Obra.

La arquitectura interior de Varo es, en este sentido, una arquitectura de la transformación. Sus habitaciones no son lugares donde las cosas permanecen: son lugares donde las cosas devienen.

La ciudad sin nombre: el urbanismo del sueño

Más allá de los edificios individuales, Varo construyó a lo largo de su carrera una suerte de ciudad imaginaria y recurrente. Esta metrópolis sin nombre —que aparece en distintas obras bajo configuraciones cambiantes— comparte ciertos rasgos constantes: calles estrechas y sinuosas, fachadas que se inclinan unas hacia otras como si conspiraran en voz baja, cielos que oscilan entre el crepúsculo y una noche sin estrellas.

Los historiadores del arte han señalado influencias diversas en esta ciudad varoiana: el Toledo medieval que la artista conoció en su infancia, la arquitectura gótica flamenca que estudió durante su estancia en París, los grabados fantásticos de Piranesi. Pero el resultado es una síntesis que trasciende cualquier referente concreto. La ciudad de Varo no existe en ningún mapa, pero resulta inmediatamente reconocible para cualquiera que haya transitado por los paisajes del sueño.

Esta ciudad funciona también como espejo de una experiencia histórica colectiva. Pintada en su mayor parte durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX —décadas marcadas por la Segunda Guerra Mundial, la posguerra y los exilios masivos—, la arquitectura onírica de Varo captura algo de la desorientación de una generación que vio desmoronarse los espacios físicos y simbólicos que habían definido su mundo.

Leer los muros: hacia una hermenéutica arquitectónica de Varo

Acercarse a los espacios arquitectónicos de Remedios Varo exige abandonar los instrumentos habituales de la crítica de arte y adoptar otros más cercanos al psicoanálisis, la fenomenología o incluso la poética del espacio tal como la desarrolló Gaston Bachelard. Porque estos edificios no se analizan: se habitan imaginariamente.

Cada muro que se tuerce, cada ventana que se abre hacia un interior más oscuro, cada escalera que promete y no cumple, constituye un fragmento de un mapa psíquico de extraordinaria complejidad. Varo no pintaba arquitecturas: pintaba estados del alma que habían tomado la forma de piedra, madera y vidrio.

En un momento como el actual, en que la arquitectura contemporánea redescubre su deuda con lo emocional y lo experiencial, la obra de esta maestra surrealista resuena con una vigencia sorprendente. Sus casas imposibles nos recuerdan que los espacios que habitamos no son neutros: nos forman, nos revelan y, si somos lo suficientemente valientes para mirarlos, nos transforman.

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