Entre trazos y secretos: lo que los bocetos privados de Remedios Varo revelan sobre su mente creadora
Existen pinturas que el mundo conoce y celebra, y existe aquello que las precede: el pensamiento en estado bruto, la línea que tantea, la imagen que aún no sabe exactamente lo que quiere ser. En el caso de Remedios Varo, ese territorio previo —sus cuadernos de trabajo, sus dibujos en márgenes de carta, sus estudios preparatorios— representa una de las fuentes más reveladoras para comprender cómo funcionaba la maquinaria interior de una de las grandes maestras del surrealismo.
La mayor parte del público que se acerca a Varo lo hace a través de sus lienzos terminados: esas composiciones de precisión casi orfebre en las que figuras andróginas navegan por ciudades imposibles o destilan esencias del cosmos en recipientes de vidrio. Pero detrás de esa perfección formal se esconde un proceso creativo plagado de dudas, correcciones y exploraciones que los bocetos conservados permiten, en parte, reconstruir.
El cuaderno como laboratorio mental
A diferencia de muchos artistas de su generación, Varo no concebía el boceto como un mero paso técnico hacia la obra definitiva. Sus dibujos preliminares funcionaban más bien como un laboratorio de ideas, un espacio donde las imágenes podían contradecirse, superponerse y evolucionar sin la presión de la permanencia. En ellos aparecen criaturas que jamás llegaron a los lienzos, arquitecturas que se interrumpen a mitad de trazo, figuras humanas que prueban distintas posturas como si buscaran la posición exacta para habitar un sueño específico.
Los investigadores que han tenido acceso a los materiales conservados en colecciones privadas mexicanas y en los fondos del Museo de Arte Moderno de Ciudad de México han señalado la extraordinaria densidad conceptual de estos apuntes. No son garabatos impulsivos, sino meditaciones visuales que revelan a una intelectual rigurosa, alguien que pensaba con el lápiz tanto como con la palabra.
Obras que nunca existieron
Quizás el aspecto más fascinante de los bocetos varoanos es que contienen las huellas de proyectos que nunca llegaron a materializarse. Entre sus papeles personales —muchos de ellos aún pendientes de catalogación sistemática— se han identificado estudios que apuntan hacia composiciones de gran formato que habrían supuesto una expansión radical de su vocabulario pictórico.
Uno de los casos más comentados entre especialistas es el de una serie de dibujos relacionados con lo que parece ser una representación del tiempo circular, un concepto que Varo exploró en varias obras terminadas pero que en estos bocetos adquiere una dimensión casi cosmológica. Las figuras se multiplican en espirales, los relojes pierden sus agujas y las arquitecturas se pliegan sobre sí mismas de un modo que sugiere influencias simultáneas de la física cuántica y de los textos medievales sobre la eternidad. Si estas ideas hubieran cristalizado en pinturas, el canon del surrealismo europeo habría recibido obras de una ambición conceptual sin precedentes.
La letra y el trazo: cuando el texto invade el dibujo
Otro rasgo definitorio de los materiales privados de Varo es la frecuente convivencia de texto e imagen. Sus cuadernos están llenos de anotaciones en castellano, francés e inglés —lenguas que manejaba con soltura tras años de exilio y viaje— que acompañan, explican o contradicen los dibujos adyacentes. A veces son instrucciones técnicas sobre pigmentos o barnices; otras veces, fragmentos de reflexión filosófica que revelan sus lecturas de Gurdjieff, de los alquimistas medievales o de los tratados de cábala que coleccionaba con devoción.
Esta hibridación entre pensamiento verbal y pensamiento visual es característica de una mente para la que la separación entre disciplines era artificial. Varo no distinguía entre escribir y dibujar del mismo modo que no distinguía entre ciencia y magia: todo formaba parte de un mismo impulso hacia la comprensión de lo invisible.
La intimidad como método
Lo que distingue fundamentalmente los bocetos de Varo de sus obras públicas es el grado de vulnerabilidad que contienen. En los lienzos terminados, la artista ejercía un control casi obsesivo sobre cada detalle; en los cuadernos, en cambio, se permitía el error, la ambigüedad y la incompletitud. Hay dibujos tachados con violencia, figuras borradas hasta casi horadar el papel, composiciones abandonadas a mitad con una anotación lacónica que sugiere insatisfacción o simplemente un cambio de dirección.
Estos momentos de duda son extraordinariamente valiosos para los historiadores del arte porque desmienten la imagen de Varo como una creadora de certezas absolutas. Detrás de sus pinturas de apariencia hermética se esconde una artista que buscaba, que dudaba y que a veces no encontraba. Y esa búsqueda, visible en los bocetos, es quizás la prueba más conmovedora de su humanidad.
El legado pendiente de los materiales inéditos
A pesar de los avances en la catalogación de su obra, una parte significativa de los materiales privados de Remedios Varo permanece dispersa en colecciones particulares, muchas de ellas en México, el país que la acogió desde 1941 y donde desarrolló la mayor parte de su producción madura. La tarea de reunir, digitalizar y estudiar sistemáticamente estos fondos constituye una deuda pendiente de la historia del arte iberoamericano.
Instituciones como la Fundación Varo y diversos museos mexicanos han realizado esfuerzos notables en este sentido, pero la magnitud del archivo es considerable y los recursos disponibles, limitados. Cada nuevo boceto que sale a la luz añade una pieza al rompecabezas de una mente extraordinaria; cada cuaderno rescatado del olvido es, en cierto modo, una obra de arte recuperada.
En el universo onírico de Remedios Varo, incluso los sueños inconclusos tienen la capacidad de transformar nuestra comprensión de lo que el arte puede ser. Sus bocetos nos recuerdan que la creación no comienza en el lienzo ni termina en él: vive, sobre todo, en ese espacio incierto donde el pensamiento todavía no ha decidido qué forma quiere adoptar.