Protagonistas de lo imposible: cómo Remedios Varo reinventó la figura femenina en el surrealismo
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Cuando André Breton y sus contemporáneos formularon los principios del surrealismo en el París de los años veinte, la mujer ocupaba en sus manifiestos un lugar paradójico: era fuente de inspiración, territorio de lo inconsciente, símbolo de la liberación del deseo… pero raramente la artista que empuñaba el pincel. Remedios Varo, nacida en Anglès (Girona) en 1908 y formada en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, no aceptó ese reparto de papeles. En sus lienzos, las mujeres no esperan ser descubiertas: viajan, investigan, tejen el cosmos y descifran enigmas que los hombres de su tiempo ni siquiera se habían planteado formular.
La musa que rechazó ser musa
El surrealismo oficial, tal como lo practicaron Dalí, Ernst o Magritte, tendía a representar a la mujer como objeto de proyección del inconsciente masculino: fragmentada, erotizada, reducida a metáfora. Varo conocía esa tradición desde dentro —vivió en el corazón del círculo surrealista parisino junto a su pareja Benjamin Péret— y la desmanteló con una elegancia que tardó décadas en ser plenamente reconocida.
Sus personajes femeninos poseen una característica que los distingue de inmediato: están haciendo algo. En Bordando el manto terrestre (1961), un grupo de mujeres recluidas en una torre teje sin descanso un tapiz que se derrama por las ventanas y construye literalmente el mundo exterior. La imagen es al mismo tiempo una crítica al confinamiento doméstico y una afirmación radical: incluso en la prisión, la creatividad femenina da forma a la realidad. La reclusión no anula la agencia; la transforma.
Científicas, alquimistas y navegantes del sueño
Uno de los rasgos más singulares del universo varoiano es la fusión entre lo científico y lo místico, y son las mujeres quienes casi siempre encarnan esa síntesis. En Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959), una figura femenina navega sola en una embarcación-hábitat hacia territorios desconocidos, equipada con instrumentos de medición y una actitud de serena determinación. No hay angustia existencial ni dependencia de ningún guía masculino: hay curiosidad, método y valentía.
Esta representación resulta especialmente subversiva si se considera el contexto histórico. En la España franquista que Varo dejó atrás —y en la Europa de posguerra que la acogió con reluctancia— la mujer seguía siendo definida legalmente y culturalmente por su relación con el padre o el marido. La científica solitaria de Varo era, en ese sentido, una figura casi utópica: una mujer que se pertenece a sí misma.
La alquimia, disciplina que fascinó profundamente a Varo y que estudió con rigor intelectual, aparece también como dominio femenino en su obra. En Creación de las aves (1957), una figura andrógina pero de rasgos delicados pinta pájaros que cobran vida al absorber la luz de la luna a través de un prisma. La creación artística y la transmutación alquímica se funden en un solo gesto que pertenece, inequívocamente, a quien sostiene el pincel.
Identidad en fuga: el rostro que nunca se revela del todo
Hay una decisión formal en la obra de Varo que merece atención especial: sus personajes femeninos suelen tener rostros alargados, de facciones casi genéricas, que la propia artista describía como cercanos a su propio autorretrato. Lejos de ser una limitación técnica, esta elección es profundamente política. Al universalizar los rasgos, Varo impide que sus protagonistas sean reducidas a individuos concretos, anclados a una identidad fija. Son arquetipos en movimiento, figuras que pertenecen a todas las mujeres que alguna vez se sintieron invisibles dentro de las instituciones culturales de su tiempo.
Esta estrategia visual conecta con debates contemporáneos sobre la representación de género: la crítica feminista ha señalado repetidamente cómo el arte canónico tendía a particularizar al hombre (el héroe, el genio, el conquistador) y a generalizar a la mujer (la madre, la naturaleza, el cuerpo). Varo invierte el mecanismo sin abandonar la dimensión universal: sus mujeres son específicas en lo que hacen y genéricas en lo que son, lo cual las convierte en espejos posibles para cualquier espectadora.
El círculo de Varo: comunidad femenina como acto de resistencia
No puede entenderse la obra de Remedios Varo sin mencionar el entorno intelectual y afectivo que construyó en el México al que llegó en 1941 huyendo del nazismo. Junto a la pintora Leonora Carrington y la fotógrafa Kati Horna, entre otras artistas, Varo formó una red de creación y pensamiento que funcionó como contrapeso al canon surrealista masculino. Estas mujeres se leían, se retrataban mutuamente, compartían intereses en el ocultismo, la ciencia y la filosofía, y se desafiaban a explorar territorios que sus colegas varones raramente consideraban dignos de atención.
Esa comunidad se refleja en los lienzos de Varo como una presencia difusa pero constante. Sus personajes femeninos raramente están solos en el sentido de estar desamparados: incluso en la soledad más radical, portan consigo el conocimiento acumulado, los rituales compartidos, la herencia de otras buscadoras. Son solitarias elegidas, no excluidas.
Una herencia que sigue creciendo
El reconocimiento crítico de Remedios Varo como figura central —y no periférica— del surrealismo ha tardado en llegar, pero hoy resulta innegable. Exposiciones retrospectivas en el Museo de Arte Moderno de México, estudios académicos desde la Universidad Complutense de Madrid hasta instituciones latinoamericanas, y el creciente interés de las nuevas generaciones de artistas feministas confirman que su obra no envejeció: maduró.
Lo que Varo pintó no fue simplemente un catálogo de imágenes bellas e inquietantes. Fue una propuesta ética sobre qué significa ser mujer en un mundo que sistemáticamente intenta definirte desde fuera. Sus protagonistas —invisibles para la historia oficial durante demasiado tiempo— llevan décadas diciéndonos, con paciencia y con precisión, que el verdadero acto de liberación no es escapar del laberinto, sino construir el propio.