El alfabeto invisible: guía para descifrar los símbolos que habitan los lienzos de Remedios Varo
Photo: Zbzizi, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons
Existe una paradoja en la experiencia de contemplar un cuadro de Remedios Varo: cuanto más tiempo se le dedica, más preguntas emergen. Sus composiciones poseen la textura de los sueños lúcidos: todo parece reconocible y, al mismo tiempo, radicalmente extraño. Esa sensación no es casual. La pintora española, afincada en México desde su exilio en 1941, construyó a lo largo de dos décadas un sistema de signos tan coherente como personal, un lenguaje pictórico capaz de articular lo que el pensamiento racional no puede nombrar.
Comprender ese lenguaje exige detenerse en sus unidades mínimas: los motivos recurrentes que aparecen una y otra vez en sus lienzos, modificados, recontextualizados, pero siempre portadores de una carga semántica reconocible. Lo que sigue es un intento de cartografiar ese territorio.
La escalera y la torre: arquitecturas del ascenso interior
Pocos elementos resultan tan omnipresentes en la obra de Varo como las estructuras verticales. Torres de piedra que se pierden en nubes imposibles, escaleras de caracol que descienden hacia sótanos sin fondo o ascienden hacia estancias iluminadas por una luz sin fuente identificable. En Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959) o en Bordando el manto terrestre (1961), la verticalidad no es meramente compositiva: es filosófica.
La escalera en Varo remite a la tradición hermética del scala perfectionis, la escalera de perfección que los místicos medievales —y después los rosacruces, a quienes la pintora estudió con detenimiento— concebían como metáfora del camino hacia el conocimiento supremo. Sin embargo, Varo subvierte el esquema: sus personajes no siempre ascienden. Muchos permanecen suspendidos en peldaños intermedios, contemplando el vacío, como si el viaje importara más que la llegada.
La torre, por su parte, funciona como espacio de reclusión elegida. No es una prisión, sino un laboratorio del espíritu: un lugar donde la concentración es posible porque el mundo exterior ha quedado momentáneamente suspendido.
El telescopio y el ojo que mira hacia dentro
Los instrumentos ópticos —telescopios, lupas, catalejos, espejos cóncavos— constituyen otro nodo fundamental del vocabulario varoiano. Su presencia no responde únicamente a la fascinación de la artista por la ciencia, aunque ésta fuera genuina y profunda. El telescopio en Varo es, ante todo, un símbolo de la mirada desplazada: el ojo que, para ver el exterior, debe primero vaciar su propia subjetividad.
En Astronomía (1957), la figura central observa el cielo nocturno con una concentración casi ritual. El telescopio no apunta hacia las estrellas en sentido estrictamente astronómico; apunta hacia una dimensión que la razón ordinaria no puede alcanzar sin auxilio. Hay en esto una influencia clara del pensamiento de Gurdjieff y Ouspensky, cuyas teorías sobre la percepción expandida Varo conocía a través de su compañera Leonora Carrington.
El ojo, en definitiva, es el gran protagonista silencioso de muchos de sus cuadros. Ver, para Varo, no es un acto pasivo: es una forma de transformación.
La alquimia como metáfora de la creación
Si hay un sistema de pensamiento que vertebra la iconografía de Remedios Varo de manera transversal, ese es la alquimia. No la alquimia como pseudociencia, sino como lenguaje simbólico de la transformación: la idea de que la materia —y el espíritu— pueden ser refinados, purificados, transmutados en algo de naturaleza superior.
En Destilación (1962), asistimos a un proceso cuasi-litúrgico en el que una figura femenina extrae la esencia de libros, plantas y objetos cotidianos para destilarla en un recipiente de vidrio. La operación es simultáneamente química y espiritual. El alambique no procesa minerales: procesa experiencias.
La paleta que Varo emplea en estas escenas de transmutación tiende hacia los dorados, los verdes profundos y los azules de medianoche: colores que la tradición alquímica asociaba con las distintas fases del opus magnum. Esta coherencia cromática no es decorativa; es semántica.
El barco y el viaje sin destino fijo
La figura del viajero —a menudo solitario, a menudo andrógino— recorre la obra de Varo con la constancia de un leitmotiv musical. Y junto al viajero, el vehículo: barcas que navegan por mares de hierba, carruajes propulsados por velas interiores, capas que se convierten en embarcaciones.
El viaje en Varo rara vez tiene un destino explícito. Lo que importa es el estado de tránsito en sí mismo: esa condición liminal en la que el sujeto ha abandonado un origen pero aún no ha alcanzado ningún puerto. Hay en esto una resonancia autobiográfica inevitable. Varo fue una mujer de exilios sucesivos —de España a Francia, de Francia a México— y conocía de primera mano la experiencia de habitar los márgenes, de pertenecer a ningún lugar de manera definitiva.
Sin embargo, sus viajeros no transmiten angustia. Hay en ellos una calma contemplativa que transforma el desplazamiento en práctica espiritual.
Los seres híbridos: cuando las fronteras se disuelven
Uno de los rasgos más característicos del universo varoiano es la proliferación de seres que desafían las categorías taxonómicas convencionales. Figuras mitad humanas mitad vegetales, criaturas que son simultáneamente animales y objetos, personajes cuyo cuerpo se funde con el entorno arquitectónico que habitan.
Estos híbridos no son aberraciones ni monstruos en el sentido gótico del término. Son, más bien, encarnaciones de la permeabilidad entre reinos que el pensamiento hermético y la ciencia cuántica —a su manera— han señalado como condición fundamental de la realidad. La frontera entre el yo y el mundo, entre lo orgánico y lo inorgánico, entre lo consciente y lo inconsciente, es en Varo siempre provisional, siempre negociable.
Leer a Varo: una práctica activa
Comprender el vocabulario simbólico de Remedios Varo no equivale a reducir sus pinturas a un catálogo de equivalencias fijas. Sus símbolos no funcionan como jeroglíficos con traducción unívoca; funcionan como acordes: su significado emerge de la combinación, del contexto, de la tensión entre elementos aparentemente incongruentes.
Lo que esta guía pretende ofrecer no es una clave definitiva, sino una invitación a la lectura activa. Porque la gran enseñanza de Varo —aquella que sus cuadros transmiten con una elocuencia que ningún manifiesto podría igualar— es que el acto de mirar, cuando se ejerce con genuina atención, es ya en sí mismo una forma de conocimiento.