Guardianes del umbral: las criaturas zoomórficas de Remedios Varo y su función iniciática
En el bestiario silencioso que Remedios Varo fue construyendo a lo largo de su carrera, cada animal —ya sea reconocible o quimérico— ocupa un lugar preciso dentro de un sistema de significados que la artista cultivó con la misma disciplina con que un alquimista cuida su atanor. Sus criaturas no deambulan por los cuadros al azar: vigilan, guían, advierten. Son, en el sentido más profundo de la palabra, guardianes.
El animal como símbolo vivo en la tradición esotérica
Para comprender la función de las bestias en la obra de Varo es imprescindible situarlas dentro de la larga cadena de tradiciones que la artista absorbió durante sus años de formación y exilio. La Cábala hebrea, el hermetismo renacentista, la alquimia árabe y medieval, y las mitologías precolombinas que descubrió en México confluyen en su iconografía animal. En todas estas corrientes, el animal no es simplemente un ser de la naturaleza: es un jeroglífico, una condensación de fuerzas cósmicas que el iniciado debe aprender a leer.
Los bestiarios medievales europeos —esos compendios ilustrados que describían las propiedades morales y espirituales de cada criatura— ofrecen un antecedente directo. Varo los conocía y los reinterpretaba con libertad creadora, extrayendo su lógica simbólica para trasplantarla a un universo pictórico propio, alejado de cualquier dogma religioso pero profundamente espiritual.
Híbridos y quimeras: la transgresión de la frontera entre reinos
Uno de los rasgos más llamativos del bestiario varoiano es la frecuencia con que las criaturas trascienden las categorías biológicas convencionales. En obras como Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959) o Naturaleza muerta resucitando (1963), los límites entre lo vegetal, lo animal y lo humano se disuelven con una fluidez que recuerda las transformaciones descritas en los textos herméticos. Esta hibridación no es capricho estético: responde a la convicción, compartida por numerosas tradiciones iniciáticas, de que la realidad última trasciende las divisiones que el pensamiento ordinario impone sobre el mundo.
El grifo, la sirena, el ángel alado: todos estos seres compuestos de partes incongruentes encarnan, en la cosmología esotérica, la posibilidad de moverse entre planos de existencia diferentes. Varo los adopta y los transforma, añadiendo capas de ironía y ternura que los alejan de la solemnidad medieval sin restarles un ápice de poder simbólico.
El búho y el gato: custodios de la sabiduría nocturna
Dentro del repertorio faunístico de Varo, dos animales merecen atención especial por la frecuencia y la carga semántica con que aparecen: el búho y el gato. El primero está asociado desde la antigüedad clásica a Atenea, diosa de la sabiduría, y en la tradición alquímica representa la capacidad de ver en la oscuridad, es decir, de percibir verdades ocultas a la razón diurna. En varios cuadros de Varo, el búho acompaña a figuras femeninas que se hallan en pleno proceso de transmutación interior, funcionando como testigo silencioso y guía de esa travesía.
El gato, por su parte, ocupa en el imaginario varoiano un lugar privilegiado que va más allá de la anécdota biográfica —la artista convivió con numerosos felinos a lo largo de su vida—. En la tradición egipcia y en el esoterismo moderno que tanto fascinaba a los surrealistas, el gato es un animal liminal, capaz de habitar simultáneamente el mundo visible y el invisible. Sus ojos, que parecen absorber la luz en lugar de reflejarla, lo convierten en metáfora perfecta de la percepción iniciática.
La serpiente y el pájaro: ascenso y transformación
Si el gato y el búho custodian el umbral, la serpiente y el pájaro representan los dos vectores del viaje espiritual: la inmersión en la materia y la elevación hacia el espíritu. La serpiente, omnipresente en la iconografía alquímica como símbolo del mercurio y de la energía primordial, aparece en la obra de Varo con frecuencia entrelazada con objetos cotidianos —cucharas, velas, instrumentos de navegación—, recordándonos que lo sagrado no habita en esferas alejadas de la experiencia humana, sino en el corazón mismo de lo mundano.
El pájaro, en cambio, traza trayectorias ascendentes que en la tradición sufí y en el neoplatonismo simbolizan el retorno del alma a su origen divino. En Pájaros (1957) y en múltiples composiciones donde figuras humanoides se transforman gradualmente en criaturas aladas, Varo explora esa tensión entre el peso de la materia y el anhelo de trascendencia que constituye uno de los ejes centrales de su pensamiento.
La mirada del animal como espejo del alma
Hay un detalle que rara vez se menciona en los análisis de la obra varoiana y que sin embargo resulta revelador: casi todos los animales que pueblan sus cuadros miran directamente al espectador, o bien observan con una intensidad inusual a los personajes humanos que los acompañan. Esta mirada no es decorativa: interpela, cuestiona, invita a la reflexión.
En la tradición hermética, el animal que mira al iniciado es un espejo en el que este debe reconocer aspectos de sí mismo que la conciencia ordinaria prefiere ignorar. Los bestiarios medievales describían a los animales como alegorías de virtudes y vicios humanos; Varo hereda esa función especular pero la despoja de su dimensión moralizante para convertirla en una herramienta de autoconocimiento genuino.
Un bestiario para el siglo XXI
La vigencia del bestiario varoiano en el contexto artístico contemporáneo resulta sorprendente y, a la vez, completamente lógica. En un momento histórico en que la relación entre la humanidad y el reino animal atraviesa una crisis sin precedentes —ecológica, ética, filosófica—, las criaturas de Varo nos recuerdan que la separación entre lo humano y lo no humano es, en gran medida, una ilusión construida por el pensamiento moderno.
Sus híbridos y quimeras anticipan debates que hoy ocupan a la filosofía posthumanista y a los estudios sobre la animalidad. Pero lo hacen desde un lugar que ninguna teoría académica puede reproducir: el territorio de la imagen pintada, donde la razón y el sueño se encuentran sin necesidad de mediación verbal. En ese territorio, los animales de Remedios Varo siguen cumpliendo su función milenaria: guardar el umbral entre lo que sabemos y lo que todavía no nos atrevemos a conocer.