El gran tejido invisible: ocultismo, Cábala y hermetismo en el cosmos pictórico de Remedios Varo
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Cuando Remedios Varo llegó a México en 1941, huyendo de la Europa devastada por la guerra, no viajaba sola. En su equipaje invisible traía décadas de lecturas heterodoxas, conversaciones clandestinas en cafés parisinos y una fascinación profunda por los sistemas de conocimiento que la modernidad había intentado relegar al margen: la alquimia, la Cábala, el hermetismo, la magia ceremonial. En el México de mediados del siglo XX, rodeada de intelectuales exiliados y de una cultura que nunca había roto del todo con lo sagrado, esa fascinación encontró el suelo fértil que necesitaba para florecer.
El resultado fue una obra pictórica que desborda con mucho los límites del surrealismo ortodoxo. Varo no se conformó con explorar el inconsciente freudiano: construyó una cosmología propia, un universo donde la materia y el espíritu son aspectos de un mismo tejido continuo, donde el conocimiento secreto no es un privilegio sino una responsabilidad.
La biblioteca oculta: las lecturas que formaron a Varo
Para comprender el sincretismo esotérico de Varo es imprescindible conocer sus fuentes intelectuales. A diferencia de muchos artistas que se acercan a lo esotérico de manera superficial o decorativa, Varo fue una lectora seria y sistemática. Su biblioteca personal incluía obras de G.I. Gurdjieff —cuyo sistema de autoconocimiento a través del trabajo interior dejó una huella profunda en su pensamiento—, textos de P.D. Ouspensky sobre las dimensiones del tiempo y la conciencia, tratados alquímicos medievales y estudios sobre la Cábala judía.
Esta amplitud de lecturas no era inusual en los círculos surrealistas. André Breton y muchos de sus compañeros compartían un interés genuino por las tradiciones herméticas, que veían como aliadas en su proyecto de liberar la mente humana de las cadenas del racionalismo burgués. Sin embargo, mientras para muchos surrealistas el ocultismo era fundamentalmente una fuente de imágenes perturbadoras, para Varo representaba algo más cercano a un sistema filosófico coherente, una manera de entender las relaciones entre el macrocosmos y el microcosmos, entre lo visible y lo invisible.
Su amistad con Leonora Carrington —otra pintora de formación europea instalada en México y profundamente interesada en el esoterismo— fue determinante en este proceso. Ambas compartían libros, discutían simbologías y se influían mutuamente en la elaboración de un lenguaje visual que tomaba prestado de múltiples tradiciones espirituales sin subordinarse a ninguna.
El árbol de la vida en el lienzo: huellas cabalísticas
La Cábala —el sistema místico de interpretación de la Torah desarrollado principalmente en la tradición judía medieval— aparece en la obra de Varo de maneras que van desde las referencias explícitas hasta las resonancias más sutiles. El concepto cabalístico de las sefirot —las diez emanaciones o atributos a través de los cuales lo divino se manifiesta en el mundo— puede rastrearse en la estructura jerárquica y escalonada de muchas de sus composiciones, donde distintos planos de realidad se superponen en una arquitectura vertical que va de lo más denso y material a lo más sutil y luminoso.
En obras como Bordando el manto terrestre, la actividad de tejer adquiere una dimensión cósmica que conecta directamente con la idea cabalística de que el universo visible es el tejido exterior de una realidad espiritual más profunda. Las figuras encerradas en su torre no crean simplemente un tapiz: participan en la construcción del mundo. Este acto creativo femenino, colectivo y aparentemente servil, encierra en realidad una potencia demiúrgica que subvierte la jerarquía tradicional entre creador divino masculino y materia pasiva femenina.
Esta reinterpretación de los símbolos esotéricos desde una perspectiva de género es uno de los aspectos más originales y políticamente significativos de la obra de Varo. No se limitó a reproducir los sistemas de pensamiento que encontró: los sometió a una transformación crítica que los hizo compatibles con una visión del mundo donde la mujer ocupa el centro, no la periferia, del proceso espiritual.
Mercurio y azufre: la alquimia como método pictórico
De todas las tradiciones esotéricas que Varo incorporó a su obra, quizás ninguna resulta tan omnipresente como la alquimia. No se trata únicamente de la aparición de retortas, alambiques y sustancias en ebullición en sus cuadros —aunque estos elementos son frecuentes—, sino de algo más profundo: la adopción de la lógica alquímica como principio organizador de su universo pictórico.
La alquimia no fue nunca únicamente una proto-química medieval. En su dimensión espiritual más elaborada —la que sistematizaron figuras como Paracelso o los autores del Corpus Hermeticum— representaba una vía de transformación interior, un proceso por el cual el practicante se purificaba y elevaba al mismo tiempo que trabajaba con la materia. La célebre máxima hermética «As above, so below» —«como es arriba, es abajo»— expresa perfectamente esta correspondencia entre los procesos externos e internos.
Varo interiorizó esta lógica de manera extraordinariamente creativa. Sus laboratorios pictóricos son simultáneamente espacios de investigación científica y capillas de transformación espiritual. Las sustancias que bullen en sus recipientes no son simplemente líquidos: son estados del alma en proceso de transmutación. Esta fusión entre lo material y lo espiritual, entre la experimentación racional y la búsqueda mística, constituye una de las síntesis más originales que produjo el arte del siglo XX.
Más allá del surrealismo: hacia una espiritualidad propia
Es tentador —y frecuente en la bibliografía especializada— analizar el esoterismo de Varo exclusivamente en el contexto del surrealismo. Sin embargo, este enfoque resulta insuficiente y en cierta medida distorsionador. Varo utilizó el surrealismo como plataforma de lanzamiento, pero su destino final estaba más allá de sus fronteras.
Mientras el surrealismo ortodoxo tendía a instrumentalizar lo mágico y lo oculto al servicio de una agenda estética y política definida por hombres europeos, Varo construyó una espiritualidad genuinamente personal, arraigada en su experiencia concreta como mujer, como exiliada y como buscadora intelectual. Su sincretismo no fue eclecticismo superficial: fue el resultado de un proceso largo y riguroso de asimilación crítica.
En este sentido, la obra de Varo anticipa muchas de las preocupaciones de la espiritualidad feminista contemporánea, que también busca recuperar y reinterpretar las tradiciones místicas desde perspectivas que sitúen la experiencia femenina en el centro del proceso espiritual. Sus pinturas son documentos de una búsqueda que todavía resuena con fuerza en los debates actuales sobre género, conocimiento y sagrado.
Un legado que no cesa
Remedios Varo murió en México en 1963, dejando una obra relativamente reducida en número pero extraordinariamente densa en significado. Décadas después de su desaparición, su pintura continúa generando interpretaciones nuevas, descubrimientos inesperados, resonancias que sus contemporáneos no pudieron anticipar.
Este poder de irradiación no es accidental. Procede precisamente de esa capa esotérica que algunos críticos han considerado secundaria o anecdótica: el gran tejido invisible que conecta sus imágenes con tradiciones de sabiduría milenarias y, al mismo tiempo, con las preguntas más urgentes del presente. Varo no pintaba para decorar paredes: pintaba para revelar lo que existe entre las cosas, en los pliegues de lo visible, en el espacio donde la materia y el espíritu se tocan y se transforman mutuamente.
Acceder a esa dimensión de su obra requiere tiempo, disposición y una voluntad de abandonar las certezas cómodas. Pero quienes se aventuran en ese territorio descubren que los lienzos de Varo son, en el sentido más literal de la palabra, iniciáticos: nos cambian al mirarlos.