Fotogramas de otro mundo: la huella secreta de Remedios Varo en el cine fantástico contemporáneo
Photo: surrealist dreamlike film set production design mechanical fantasy world, via par30dl.net
Hay imágenes que, una vez vistas, se instalan en la imaginación con la permanencia de los sueños recurrentes. Las torres habitadas por tejedoras que confeccionan el paisaje, las naves que son también casas y también cuerpos, los festines en los que la comida es pura energía cósmica: el vocabulario visual de Remedios Varo (Anglès, 1908 – Ciudad de México, 1963) posee esa cualidad hipnótica que hace que cualquier artista visual, tarde o temprano, acabe mirando hacia sus lienzos en busca de algo que el cine convencional no puede ofrecer.
La influencia de Varo sobre el cine fantástico y de ciencia ficción contemporáneo es, en muchos casos, una herencia no declarada. No existe una película que lleve su nombre en los créditos como fuente de inspiración directa —salvo honrosas excepciones—, pero el rastreo visual resulta, para cualquier conocedor de su obra, casi inmediato.
La arquitectura del imposible: del lienzo a la pantalla
Uno de los elementos más reconocibles de la estética varoiana es su tratamiento de los espacios arquitectónicos: torres que desafían la gravedad, ciudades que se pliegan sobre sí mismas, interiores que contienen exterioridades infinitas. Esta concepción del espacio, influida por su lectura de Ouspensky y su interés en las geometrías no euclidianas, anticipa con décadas los mundos visuales que directores como Guillermo del Toro, Jean-Pierre Jeunet o el equipo de producción de Inception (Christopher Nolan, 2010) llevarían a la pantalla.
El propio Guillermo del Toro ha citado explícitamente a Remedios Varo como una de sus referencias fundamentales. En El laberinto del fauno (2006), la arquitectura del mundo fantástico —laberintos de piedra que respiran, salas que se reorganizan según la voluntad del espacio— debe mucho a la lógica varoiana de los entornos que poseen consciencia propia. Del Toro, que conoce bien la tradición pictórica surrealista latinoamericana, no toma prestados motivos concretos sino algo más profundo: la convicción de que el espacio arquitectónico puede ser un personaje con voluntad narrativa.
Máquinas que sueñan: el misticismo mecánico en la ciencia ficción
Varo desarrolló a lo largo de su carrera una iconografía única en la que los mecanismos de relojería, los instrumentos científicos y los vehículos imposibles conviven con rituales alquímicos y visiones espirituales. Esta fusión entre lo tecnológico y lo sagrado —que algunos críticos han denominado «misticismo mecánico»— resulta extraordinariamente contemporánea.
La estética steampunk, que impregna producciones como La ciudad de los niños perdidos (Caro y Jeunet, 1995) o la serie The City & The City, hereda directamente esa tensión entre lo artesanal y lo especulativo que Varo cultivó con tanta precisión. Los engranajes que en sus pinturas sirven para medir el tiempo cósmico o para destilar esencias espirituales reaparecen en el cine fantástico como metáforas del control, la creatividad y la resistencia frente a sistemas opresivos.
En el ámbito de la animación, la conexión es si cabe más evidente. El Studio Ghibli —y en particular la obra de Hayao Miyazaki— comparte con Varo una forma de concebir los vehículos como extensiones orgánicas de sus tripulantes. El Castillo Ambulante de El castillo en el cielo (1986) o la aeronave de Nausicaä encuentran ecos precisos en las embarcaciones-hábitat de Varo, donde la nave y la navegante parecen haber crecido juntas, como si el vehículo fuera una segunda piel o un caparazón elegido.
El universo femenino como motor narrativo
Uno de los aspectos de la obra varoiana que más claramente ha permeado el cine fantástico contemporáneo es su insistencia en protagonistas femeninas que actúan como agentes de conocimiento. En un género históricamente dominado por el héroe masculino que viaja, descubre y conquista, la influencia de Varo —junto a la de otras surrealistas como Leonora Carrington— ha contribuido a legitimar un modelo narrativo alternativo: la mujer que busca no para poseer, sino para comprender.
Películas como Annihilation (Alex Garland, 2018) o la serie Sense8 (las hermanas Wachowski) presentan protagonistas femeninas que se adentran en territorios desconocidos con una mezcla de rigor científico y apertura espiritual que recuerda poderosamente a las exploradoras de Varo. No es casual: ambas producciones han sido vinculadas por sus propios creadores a una tradición de arte visionario que incluye explícitamente el surrealismo latinoamericano.
México como crisol: el surrealismo que viajó al sur
Para entender por qué la influencia de Varo en el cine ha sido especialmente intensa en las producciones latinoamericanas e iberoamericanas, es necesario recordar que la artista pasó los últimos veintidós años de su vida en México, donde desarrolló su obra más madura y donde su influencia se integró de forma natural en la cultura visual del país.
Directores como Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu o el propio Del Toro crecieron en un entorno en el que la pintura de Varo —expuesta en el Museo de Arte Moderno de México desde los años sesenta— formaba parte del paisaje cultural cotidiano. Su estética, mezclada con la tradición del muralismo mexicano y el realismo mágico literario, contribuyó a forjar una sensibilidad visual que hoy el mundo reconoce como distintivamente latinoamericana pero que tiene, en su raíz, una artista nacida en Cataluña que aprendió a soñar en varios idiomas.
Una vigencia que no cesa
A más de sesenta años de su muerte, Remedios Varo sigue siendo una fuente inagotable para quienes construyen mundos en pantallas, páginas y escenarios. Su capacidad para crear universos que parecen regidos por leyes propias —coherentes internamente, ajenos a la física convencional, cargados de significado simbólico— responde a una necesidad que el cine fantástico y de ciencia ficción contemporáneo no ha dejado de explorar: la de imaginar formas de existencia radicalmente distintas a las que el mundo visible nos impone.
Cada vez que una directora diseña un espacio que respira, que un vehículo parece tener alma o que una protagonista avanza sola hacia lo desconocido armada únicamente con su inteligencia y su curiosidad, el eco de los lienzos de Varo resuena, silencioso pero inconfundible, en algún rincón del fotograma.