El oro que no quema: la alquimia medieval como fundamento del lenguaje pictórico de Remedios Varo
En el Madrid de los años veinte, una joven estudiante de Bellas Artes frecuentaba con igual entusiasmo los talleres de pintura y las librerías de viejo donde se apilaban tratados de ocultismo, manuscritos alquímicos y ediciones antiguas de los grandes textos herméticos. Esa joven era Remedios Varo, y aquella doble pasión —por la imagen y por el conocimiento esotérico— no era una contradicción sino el germen de una de las síntesis más originales que ha producido el arte del siglo XX.
Cuando hablamos de la dimensión mística de la obra de Varo, corremos el riesgo de caer en una simplificación: reducirla a una pintora de símbolos exóticos, a una coleccionista de iconografías herméticas. Pero esa lectura empobrece radicalmente lo que su proyecto artístico tiene de filosófico y de político. Varo no decoraba sus lienzos con alambiques y pentáculos porque le parecieran pintorescos; los utilizaba porque en ellos encontraba un lenguaje capaz de expresar verdades sobre la condición humana que el racionalismo moderno había declarado inefables.
Las fuentes: un itinerario bibliográfico y vital
La biblioteca de Remedios Varo era, en sí misma, un programa estético. Entre sus volúmenes más preciados figuraban el Mutus Liber, el tratado alquímico del siglo XVII que comunica su doctrina exclusivamente a través de imágenes; las obras de Paracelso sobre la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos; textos cabalísticos sobre el Árbol de la Vida y el sistema de las Sefirot; y los escritos de George Gurdjieff sobre el desarrollo espiritual del ser humano a través del conocimiento esotérico.
Esta biblioteca no era un adorno intelectual sino una herramienta de trabajo. Varo leía con lápiz en mano, anotaba, dibujaba en los márgenes y establecía conexiones entre textos de épocas y tradiciones distintas con la misma libertad con que combinaba referencias visuales en sus composiciones. La alquimia, para ella, no era historia de la ciencia sino epistemología viva: una forma de entender la relación entre materia y espíritu que encontraba profundamente coherente con su experiencia del mundo.
Transformación como principio pictórico
El concepto central de la alquimia es la transmutación: la posibilidad de que una sustancia se convierta en otra cualitativamente diferente mediante un proceso de purificación progresiva. Este principio estructura, de maneras diversas, buena parte de la producción pictórica de Varo.
En obras como Destilación o Exploración de las fuentes del río Orinoco, los personajes realizan operaciones que son simultáneamente químicas y espirituales: destilan esencias, recogen materias primas del universo, transforman lo ordinario en extraordinario. Pero la transmutación en Varo no es solo temática; es también formal. Sus figuras están en perpetuo estado de metamorfosis: los cabellos se convierten en raíces, las ropas en arquitecturas, los cuerpos en vehículos de una energía que fluye entre lo visible y lo invisible.
Esta fluidez entre estados y categorías —lo orgánico y lo mineral, lo humano y lo cósmico, lo antiguo y lo moderno— es directamente deudora de la ontología alquímica, que rechazaba las fronteras fijas entre los reinos de la naturaleza y postulaba un universo en permanente intercambio de energías.
La cábala y la geometría del espíritu
Junto a la alquimia, la cábala judía ejerció una influencia determinante en la configuración del espacio pictórico varoano. El sistema cabalístico del Árbol de la Vida, con sus diez Sefirot o emanaciones divinas conectadas por veintidós senderos, proporcionó a Varo un modelo de organización del universo que encontraba visualmente fascinante y filosóficamente convincente.
La influencia cabalística se manifiesta en Varo menos en la cita directa de símbolos reconocibles que en la arquitectura invisible de sus composiciones. Sus cuadros tienden a organizarse en niveles verticales que corresponden a gradaciones de realidad o de consciencia; los personajes ascienden o descienden por estas jerarquías espaciales en busca de un conocimiento que siempre parece estar un escalón más arriba. Esta estructura vertical del espacio pictórico, tan característica de su obra madura, tiene profundas resonancias con la cosmología cabalística, donde la realidad se despliega en planos superpuestos de densidad espiritual decreciente.
Modernidad y hermetismo: una síntesis sin contradicción
Uno de los aspectos más notables del proyecto artístico de Varo es que su recurso a la tradición mística medieval no implica ningún rechazo de la modernidad. Al contrario: la artista encontraba en los textos herméticos antiguos respuestas a preguntas que la ciencia del siglo XX había planteado sin resolver satisfactoriamente.
La física cuántica, con su cuestionamiento de las categorías clásicas de materia y energía, le parecía más próxima al pensamiento alquímico que al mecanicismo newtoniano. La psicología analítica de Jung, que ella conocía bien, establecía puentes explícitos entre la simbología hermética y los procesos del inconsciente. En este sentido, Varo no miraba hacia atrás sino que identificaba en el pasado recursos conceptuales que el presente necesitaba urgentemente recuperar.
Esta actitud —que podríamos llamar arqueología del futuro— es profundamente contemporánea y explica en parte la extraordinaria vigencia de su obra entre artistas actuales que exploran la intersección entre lo ancestral y lo tecnológico, entre la espiritualidad y la ciencia de vanguardia.
La herencia viva
El legado de la síntesis varoana entre misticismo medieval y modernidad artística se extiende hoy por múltiples territorios creativos. Desde el arte digital que recupera la iconografía hermética hasta las prácticas artísticas que exploran la alquimia como metáfora del proceso creativo, la huella de Varo es reconocible en una generación de artistas para quienes la distinción entre lo racional y lo espiritual resulta tan artificial como lo era para ella.
En España, donde Varo se formó antes del exilio que la llevaría definitivamente a México, su figura ha adquirido en las últimas décadas una dimensión casi emblemática: la de una artista que fue capaz de llevar consigo, a través de la guerra y el destierro, no solo sus pinceles sino toda una tradición de pensamiento que supo transformar en arte de validez universal.
Remedios Varo demostró que no hay contradicción entre el rigor intelectual y la apertura a lo inefable, entre la precisión técnica y la búsqueda espiritual. Su obra es, en este sentido, el equivalente pictórico de la piedra filosofal que los alquimistas buscaban sin cesar: una transmutación genuina, la de la materia del mundo en visión.