Engranajes del inconsciente: la visión mecánico-fantástica de Remedios Varo y su eco en la estética del siglo XXI
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Hay pinturas que no envejecen porque, en realidad, pertenecen al futuro. Las obras de Remedios Varo poseen esa cualidad perturbadora: contempladas hoy, desde la saturación visual del siglo XXI, parecen menos reliquias del pasado que profecías visuales aún en proceso de cumplirse. Sus máquinas de vapor que navegan entre dimensiones, sus engranajes que mueven los astros y sus figuras encapsuladas en vehículos imposibles no son meramente recursos estéticos surrealistas; son, en retrospectiva, el boceto fundacional de una sensibilidad que el mundo tardaría décadas en nombrar: el steampunk.
Antes del nombre: la máquina como metáfora viva
El movimiento steampunk, tal y como se articula en la cultura popular contemporánea, nació formalmente en la literatura anglosajona de los años ochenta del siglo pasado, con autores como K.W. Jeter, Tim Powers y James Blaylock. Su premisa era seductora: imaginar un mundo alternativo donde la tecnología de vapor victoriana hubiera alcanzado niveles de sofisticación fantástica, generando una estética que mezclaba el industrialismo decimonónico con lo maravilloso. Sin embargo, Remedios Varo había explorado ese territorio con su pincel ya en la década de 1950, desde su exilio mexicano, sin etiquetas y sin manifiestos.
Obras como Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959) o Naturaleza muerta resucitando (1963) presentan aparatos mecánicos de una complejidad obsesiva: ruedas dentadas que engendran fenómenos naturales, embarcaciones que son a la vez laboratorios y naves espaciales, instrumentos que parecen diseñados para medir lo inconmensurable. La máquina en Varo nunca es fría ni alienante; al contrario, late con una vida orgánica que subvierte la dicotomía entre lo mecánico y lo viviente. Este gesto —humanizar el engranaje, animar el pistón— es exactamente lo que define la sensibilidad steampunk en su mejor expresión.
El artefacto como portal: tecnología y trascendencia
Lo que distingue la aproximación de Varo a la maquinaria de la de sus contemporáneos surrealistas es su profunda seriedad espiritual. Mientras que artistas como Max Ernst o Salvador Dalí utilizaban elementos mecánicos con una intención frecuentemente irónica o perturbadora, Varo los investía de una función iniciática. Sus máquinas no producen mercancías; producen transformaciones. Son instrumentos de transmutación alquímica, de viaje interior, de acceso a dimensiones que la razón ordinaria no puede cartografiar.
Esta dimensión espiritual de la tecnología es precisamente uno de los aspectos más fértiles que el steampunk contemporáneo ha heredado —a menudo sin saberlo— de su legado. En el cine de Hayao Miyazaki, cuya obra constituye uno de los corpus steampunk más sofisticados de la historia audiovisual, las máquinas vuelan porque algo más que el vapor las impulsa: las mueve una voluntad, una emoción, un propósito casi sagrado. La analogía con el universo de Varo es tan evidente que resulta difícil pensar en ella como mera coincidencia estética; se trata, más bien, de una convergencia profunda en torno a una misma pregunta: ¿qué ocurriría si la tecnología fuera también magia?
Diseñadores y artistas del presente ante el espejo varoiano
En el ámbito del diseño contemporáneo, la influencia de Remedios Varo —directa o mediada por el filtro del steampunk— resulta rastreable en múltiples disciplinas. Diseñadores de joyería como Daniela Villarreal o colectivos de moda conceptual como los que participan en las semanas del diseño de Ciudad de México y Barcelona han citado explícitamente sus obras como referentes para colecciones que fusionan el metal trabajado con formas orgánicas y simbología hermética.
En el ámbito de la ilustración digital, plataformas como ArtStation o DeviantArt albergan miles de obras que reproducen —con mayor o menor consciencia— la gramática visual varoiana: figuras andróginas dentro de cápsulas mecánicas, ciudades de torres imposibles atravesadas por engranajes celestes, laboratorios donde la ciencia y el ritual son indistinguibles. La artista española Marta García Villarín, por ejemplo, ha señalado en varias entrevistas que Bordando el manto terrestre (1961) fue la imagen que le reveló que la ilustración podía ser simultáneamente técnica y profética.
El cine fantástico y la deuda con los artefactos imposibles
Si hay un ámbito donde la herencia mecánico-fantástica de Varo resulta especialmente visible, ese es el cine de fantasía y ciencia ficción. La dirección de arte de películas como El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro —director que ha declarado su admiración por la pintora— o la serie animada Arcane (2021) de Netflix comparte con sus obras una misma obsesión: construir mundos donde los objetos tienen historia, donde cada engranaje guarda un secreto, donde la tecnología es siempre también un lenguaje simbólico.
Del Toro, en particular, ha articulado de manera explícita su deuda con las artistas del surrealismo latinoamericano. En sus cuadernos de notas —parcialmente publicados en El gabinete de curiosidades— aparecen referencias a Varo junto a bocetos de criaturas y máquinas que recuerdan directamente a los artefactos de sus lienzos. No es exagerado afirmar que una parte significativa de la estética del cine fantástico hispanohablante contemporáneo pasa, consciente o inconscientemente, por el tamiz de su imaginario.
La vigencia de una visión: por qué Varo sigue siendo necesaria
En un momento histórico marcado por la aceleración tecnológica, la inteligencia artificial y el debate sobre los límites entre lo humano y lo maquínico, la obra de Remedios Varo adquiere una urgencia renovada. Sus máquinas imposibles no son nostalgias del pasado victoriano, como a veces se interpreta el steampunk más superficial; son interrogaciones sobre el presente. ¿Puede la tecnología ser un instrumento de liberación espiritual o solo de dominación? ¿Es posible construir artefactos que amplifiquen la humanidad en lugar de reducirla?
Estas preguntas, que Varo formulaba con pigmentos sobre tela en el México de los años cincuenta, resuenan con una pertinencia extraordinaria en los debates contemporáneos sobre transhumanismo, diseño ético y cultura digital. Su legado no es un museo; es un laboratorio abierto, un conjunto de preguntas que cada generación debe responder con sus propios materiales y sus propios sueños.
La mecánica del deseo que habita sus lienzos —esa tensión entre el anhelo de trascendencia y la materia que lo hace posible— sigue siendo, en el fondo, el motor secreto de toda la imaginación humana. Y en ese sentido, Remedios Varo no anticipó el steampunk: lo fundó.