Geometría del alma: los números sagrados como arquitectura secreta en los lienzos de Remedios Varo
Hay pinturas que se contemplan y pinturas que se descifran. Las de Remedios Varo pertenecen, con insistencia casi programática, a la segunda categoría. Quien se acerca a su obra con la mirada entrenada en la tradición hermética advierte pronto que las figuras, los espacios y los objetos no se distribuyen por azar ni por intuición espontánea: obedecen a una gramática numérica que la artista incorporó desde sus años de formación y que fue refinando a lo largo de toda su trayectoria en México. Esa gramática, silenciosa e invisible para el observador desprevenido, constituye uno de los estratos más fascinantes —y menos explorados— de su producción pictórica.
El número como fundamento filosófico
La fascinación de Varo por el esoterismo no era decorativa. Sus lecturas abarcaban desde los tratados de Paracelso y los escritos de Gurdjieff hasta la Cábala y los textos neoplatónicos que circulaban entre los círculos intelectuales del París de entreguerras. En todos esos sistemas de pensamiento, el número ocupa un lugar central: no como abstracción matemática, sino como principio organizador del cosmos. La tradición pitagórica, que Varo conocía bien a través de sus compañeros surrealistas y de su relación con el esoterismo europeo, sostenía que los números son la sustancia invisible de la realidad. Esa convicción se trasladó, de manera consecuente, a la arquitectura interna de sus composiciones.
No se trata de una hipótesis especulativa. Los cuadernos de bocetos que se conservan en colecciones mexicanas y en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid muestran retículas, divisiones proporcionales y anotaciones numéricas que preceden a la ejecución pictórica. Varo planificaba sus lienzos con una disciplina que recuerda más al trabajo de un arquitecto o de un músico que al de una pintora surrealista en el sentido más asociativo del término.
La recurrencia del tres y sus múltiplos
Entre los números que reaparecen con mayor frecuencia en la obra de Varo, el tres y sus múltiplos —seis, nueve, doce— ocupan un lugar privilegiado. En Naturaleza muerta resucitando (1963), las figuras que orbitan alrededor de la mesa central se articulan en grupos de tres con una regularidad que no puede atribuirse a la casualidad. El tres es, en prácticamente todas las tradiciones herméticas, el número de la síntesis: la resolución de la dualidad en una unidad superior. Para Varo, que concebía el proceso creativo como una forma de alquimia espiritual, esa carga simbólica era irrenunciable.
El nueve, cuadrado del tres, aparece con especial intensidad en Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959), donde la disposición de los elementos vegetales y la estructura del bote-cáliz responden a una división novenaria del espacio pictórico. Nueve es también el número de las esferas en la cosmología neoplatónica y el de los coros angélicos en la teología medieval que Varo estudió con atención sostenida. Su presencia en el lienzo no es ornamental: es estructural.
La proporción áurea como columna vertebral
Más allá de los números enteros, Varo recurría a la proporción áurea —la razón phi, aproximadamente 1,618— como principio organizador de la composición en su conjunto. Este recurso, heredado de la tradición renacentista que la artista absorbió durante su formación en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, se convierte en sus manos en algo distinto: ya no es un instrumento de armonía clásica, sino una clave hermética que conecta la superficie del cuadro con las leyes invisibles del universo.
En Bordando el manto terrestre (1961), una de sus obras más célebres, el análisis geométrico revela que la torre central que domina la composición se inscribe en un rectángulo áureo. Las figuras que bordan desde las ventanas se distribuyen en espiral siguiendo una progresión que evoca la sucesión de Fibonacci, esa secuencia matemática que aparece en las conchas de nautilo, en las semillas del girasol y en las ramas de los helechos. Varo, que conocía bien la botánica y las ciencias naturales, era perfectamente consciente de ese paralelismo. La naturaleza y el arte compartían, a sus ojos, una misma gramática numérica.
El siete y la búsqueda espiritual
Si el tres rige la síntesis y el nueve la completitud, el siete es en la obra de Varo el número del camino, de la búsqueda y de la iniciación. No es casual que sus figuras protagonistas —casi siempre solitarias, casi siempre en tránsito— recorran espacios que se articulan en siete estadios o atraviesen umbrales cuya cuenta alcanza ese número. En la tradición cabalística, los siete sefirot inferiores del Árbol de la Vida representan las etapas del alma en su descenso hacia la materia y su ascenso hacia lo divino. En la alquimia, los siete metales planetarios corresponden a siete fases de la Gran Obra.
Todavía (1961) y Tránsito en espiral (1962) ofrecen ejemplos especialmente elocuentes de esta lógica septenaria. Las espirales que articulan ambas composiciones no son meramente formales: su número de vueltas, contado con atención, remite invariablemente a múltiplos de siete. Varo construía así una cartografía iniciática en la que el espectador, sin necesariamente comprenderlo de manera consciente, era conducido a través de etapas simbólicamente codificadas.
Una metodología hermética, no un capricho estético
Lo que distingue el uso que Varo hace de la numerología de un simple guiño esotérico es su sistematicidad. No se trata de elementos decorativos dispersos, sino de una metodología coherente que atraviesa su obra de principio a fin. Cada lienzo es, en este sentido, un tratado cifrado: una exposición de principios herméticos traducidos a imágenes que pueden contemplarse con deleite estético sin que sea necesario comprender su arquitectura interna, pero que revelan una dimensión adicional de significado cuando se abordan con las herramientas analíticas adecuadas.
Esta doble legibilidad —la superficial y la iniciática— es, precisamente, una de las marcas de la gran pintura hermética de todos los tiempos. Varo lo sabía, y lo cultivó con una conciencia que sus contemporáneos no siempre supieron apreciar en toda su profundidad. Hoy, cuando los estudios sobre esoterismo y arte avanzan con paso firme en las universidades españolas y latinoamericanas, su obra se revela como un campo de investigación tan rico como inagotable.
Hacia una lectura integral
Descifrar el código numérico de Remedios Varo no significa reducir su pintura a un ejercicio intelectual frío. Significa, al contrario, añadir una capa de comprensión que enriquece la experiencia estética sin agotarla. Sus lienzos siguen siendo, ante todo, obras de una belleza perturbadora y de una imaginación sin parangón en el surrealismo internacional. Pero saber que esa belleza está construida sobre una arquitectura de números sagrados —sobre un tejido invisible de proporciones, secuencias y correspondencias— permite entender por qué sus composiciones producen en el espectador sensible esa sensación de orden misterioso, de cosmos gobernado por leyes que se perciben sin poder nombrarse.
En el universo pictórico de Varo, los números no cuentan: cantan. Y su música, inaudible para el oído, resuena con una claridad asombrosa en la mirada que sabe escuchar.