Arcanos en el lienzo: el tarot como lenguaje secreto en la pintura de Remedios Varo
Existe en los cuadros de Remedios Varo una tensión permanente entre lo que se muestra y lo que se oculta. Sus figuras no habitan simplemente espacios fantásticos: los atraviesan, los construyen, los descifran. Para quien conoce la simbología del tarot, esta sensación de estar ante un mensaje cifrado resulta especialmente intensa. No es casual. La artista española, formada en el ambiente intelectual del surrealismo parisino y profundamente influida por las tradiciones esotéricas que circulaban en los círculos de André Breton, mantuvo con el tarot una relación que fue simultáneamente lúdica, filosófica y pictóricamente fecunda.
Este artículo propone un recorrido por esa relación, examinando cómo determinados arquetipos del tarot —los llamados arcanos mayores— resuenan en la iconografía varoiana con una coherencia que difícilmente puede atribuirse a la coincidencia.
El tarot como sistema de pensamiento visual
Antes de analizar los vínculos concretos entre la obra de Varo y el tarot, conviene precisar qué entendemos por este último. El tarot no es únicamente un instrumento de adivinación: es, ante todo, un sistema de imágenes que condensa siglos de pensamiento simbólico occidental, desde el neoplatonismo renacentista hasta la Cábala judía, pasando por el hermetismo y la alquimia. Sus setenta y ocho cartas constituyen una suerte de enciclopedia visual del alma humana, donde cada figura —el Loco, la Torre, la Estrella— encarna una fuerza arquetípica reconocible en cualquier cultura.
Remedios Varo llegó al tarot por múltiples vías. Durante su exilio en México, frecuentó los círculos espiritualistas y teosóficos que florecían en Ciudad de México en los años cuarenta y cincuenta. Leyó a Gurdjieff, a Ouspensky, a Madame Blavatsky. Compartió lecturas y rituales con Leonora Carrington, su amiga y alter ego creativo, quien también sintió una atracción profunda por las tradiciones adivinatorias. En ese contexto, el tarot no era para Varo un pasatiempo supersticioso, sino una herramienta de exploración psicológica y espiritual plenamente coherente con su proyecto artístico.
La Sacerdotisa y sus variaciones: el conocimiento guardado
Uno de los arcanos que más claramente resuena en la obra varoiana es la Sacerdotisa, segunda carta del tarot y figura que encarna el conocimiento oculto, la intuición y el umbral entre lo visible y lo invisible. En la iconografía tradicional del tarot de Marsella —el más difundido en Europa hasta bien entrado el siglo XX—, la Sacerdotisa aparece sentada entre dos columnas, sosteniendo un libro o un rollo de pergamino, con una expresión de serena autoridad.
Esta imagen tiene una correspondencia notable con numerosas figuras femeninas que pueblan los cuadros de Varo. En obras como Bordando el manto terrestre o Exploración de las fuentes del río Orinoco, las protagonistas son mujeres que custodian saberes, que tejen o descifran o navegan hacia verdades que el mundo ordinario no puede percibir. Son figuras de umbral, exactamente como la Sacerdotisa: ni enteramente humanas ni enteramente divinas, situadas en ese espacio liminal donde el conocimiento se vuelve experiencia transformadora.
Lo que distingue a Varo de una ilustradora convencional del tarot es precisamente que no copia la iconografía: la metaboliza. Sus sacerdotisas no tienen el hieratismo estático de las cartas; se mueven, crean, viajan. El arquetipo cobra dinamismo narrativo.
El Ermitaño en movimiento: la búsqueda como destino
Otro arcano que parece habitar con particular intensidad el universo varoiano es el Ermitaño, novena carta del tarot mayor. En la tradición, el Ermitaño es una figura anciana que camina solitaria sosteniendo una linterna: representa la búsqueda interior, el retiro del mundo para encontrar una verdad más profunda, el viaje como forma de conocimiento.
En la obra de Varo, esta figura experimenta una transformación significativa. Sus viajeros solitarios —como el protagonista de Exploración de las fuentes del río Orinoco o las figuras que surcan ciudades imposibles en barca o a pie— comparten con el Ermitaño esa cualidad de búsqueda ensimismada. Pero Varo feminiza y multiplica el arquetipo: sus ermitaños no son sabios patriarcales retirados del mundo, sino exploradores andróginos o femeninos que se adentran en territorios desconocidos llevando instrumentos de medición, mapas, linternas propias.
Esta reinterpretación tiene una carga ideológica evidente. Al despojar al Ermitaño de su masculinidad canónica y de su autoridad incuestionable, Varo propone una versión más democrática y menos jerárquica del conocimiento esotérico: cualquiera, independientemente de su género o condición, puede emprender la búsqueda interior.
La Rueda de la Fortuna y el tiempo circular
Quizás ningún arcano mayor resulte tan pertinente para entender la concepción del tiempo en la pintura varoiana como la Rueda de la Fortuna, décima carta del tarot. Esta imagen representa el tiempo cíclico, la alternancia de fortuna y adversidad, la imposibilidad de fijar un instante en la corriente perpetua del devenir.
En Varo, el tiempo nunca es lineal. Sus relojes no marcan horas: se disuelven, se enroscan, se convierten en espirales. Sus personajes habitan simultaneidades imposibles, existiendo en varios tiempos a la vez. Esta percepción del tiempo como ciclo —herencia compartida del tarot, de la astrología y de las filosofías orientales que Varo estudió con interés— dota a su obra de una cualidad meditativa que la distingue del surrealismo más violento y disruptivo de sus contemporáneos masculinos.
La Rueda de la Fortuna aparece también, de manera más literal, en algunos de los objetos mecánicos que Varo incorpora a sus composiciones: engranajes, poleas, mecanismos de relojería que giran sin cesar. Estos dispositivos no son simplemente homenajes a la tecnología; son metáforas del tiempo cósmico, del movimiento que sostiene el universo sin que ningún ser humano pueda detenerlo o controlarlo del todo.
La Estrella: esperanza y transmutación
Entre los arcanos de carácter más luminoso, la Estrella ocupa un lugar especial en la iconografía varoiana. En el tarot, esta carta representa la esperanza, la renovación y la conexión entre el microcosmos humano y el macrocosmos celeste. Su figura central —una mujer desnuda que vierte agua de dos recipientes bajo un cielo estrellado— sintetiza la idea de que el ser humano es un canal entre fuerzas cósmicas mayores.
Esta concepción resuena con fuerza en obras como Naturaleza muerta resucitando, donde los objetos cotidianos se transfiguran bajo una luz que parece emanar de otra dimensión, o en los numerosos cuadros en que Varo representa figuras que absorben o emiten luz estelar. Sus personajes no son simplemente observadores del cosmos: son sus instrumentos, sus traductores, sus intermediarios.
Un tarot que no adivina, sino que revela
Lo que hace singular la relación de Remedios Varo con el tarot es que la artista nunca lo utilizó como herramienta predictiva en sentido estricto. Para ella, como para Jung —cuya obra conocía y admiraba—, los arquetipos del tarot eran mapas del inconsciente colectivo, figuras que el ser humano ha proyectado sobre el mundo para entenderse a sí mismo.
Sus cuadros no predicen nada: revelan. Muestran lo que ya estaba ahí, oculto bajo la superficie de la experiencia cotidiana. En ese sentido, Varo no fue tanto una pintora esotérica como una pintora epistemológica: alguien profundamente interesada en los mecanismos del conocimiento, en las formas en que los seres humanos construyen sentido a partir del caos.
El tarot fue, para ella, uno de esos mecanismos. Un lenguaje tan antiguo como legítimo, tan riguroso a su manera como la física o la botánica. Y sus lienzos, la prueba más elocuente de que ese lenguaje puede traducirse en imágenes que siguen interpelándonos décadas después de haber sido creadas.