Cuando el sonido se hace visible: sinestesia y vibración musical en los lienzos de Remedios Varo
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Hay pinturas que se contemplan en silencio y pinturas que se escuchan. Las de Remedios Varo pertenecen inequívocamente a la segunda categoría. Ante obras como Armonía (1956) o La llamada (1961), el espectador experimenta con frecuencia una sensación difícil de articular: la de percibir una música que no suena en ningún altavoz, pero que parece emanar directamente de la superficie del lienzo. Esta paradoja no es accidental. Es el resultado de una exploración consciente y sostenida de la sinestesia como herramienta creativa, una exploración que hunde sus raíces en la biografía de la artista y en el contexto intelectual que la rodeó a lo largo de toda su vida.
Una infancia marcada por el sonido
Para entender la relación de Varo con la música es necesario remontarse a su infancia en Anglès, Girona, donde nació en 1908. Su padre, ingeniero hidráulico de formación científica y espíritu curioso, le transmitió tanto el rigor del pensamiento técnico como una sensibilidad hacia los fenómenos naturales que más tarde se traduciría en su fascinación por las ondas, las vibraciones y las fuerzas invisibles que gobiernan el mundo. La música formaba parte del paisaje doméstico de los Varo, y la joven Remedios desarrolló desde temprano una capacidad para relacionar experiencias sensoriales aparentemente dispares: el sonido de una melodía podía evocar en ella un color específico, una textura, una forma geométrica.
Esta disposición sinestésica —la tendencia neurológica o psicológica a mezclar sentidos— encontraría un marco teórico durante sus años de formación en Madrid y Barcelona, donde entró en contacto con las vanguardias europeas y con las reflexiones de artistas como Wassily Kandinsky, cuyo ensayo De lo espiritual en el arte (1911) exploraba precisamente la correspondencia entre música, color y forma. La influencia de Kandinsky sobre Varo ha sido menos estudiada que otras, pero resulta determinante para comprender su aproximación a la musicalidad visual.
Los instrumentos imposibles: la luthiería del sueño
Uno de los elementos más característicos del vocabulario pictórico de Varo es la presencia de instrumentos musicales que desafían cualquier clasificación organológica convencional. No son violines ni arpas ni flautas: son objetos híbridos, a medio camino entre la herramienta artesanal y el artefacto mágico, construidos con materiales que ningún luthier reconocería —plumas, cristales, huesos, ramas, telas—. Estos instrumentos imposibles no pretenden ser tocados en el sentido ordinario del término: son generadores de vibraciones que actúan sobre planos de la realidad inaccesibles para la música convencional.
En La exploración de las fuentes del río Orinoco, una figura navega en una embarcación que es también, de algún modo, un instrumento de cuerda: el casco ondulado parece tenso como la membrana de un tambor, listo para resonar con las frecuencias del río. Esta fusión entre el vehículo y el instrumento no es casual: en la cosmología varoiana, el desplazamiento y la vibración son manifestaciones del mismo principio fundamental. Moverse y sonar son, en el fondo, la misma cosa.
La geometría del sonido: ondas, espirales y frecuencias visibles
Otra dimensión de la exploración musical de Varo es su interés por la representación gráfica de las ondas sonoras. Décadas antes de que la visualización científica del sonido se convirtiera en una práctica habitual gracias a la tecnología digital, la artista imaginaba y pintaba las formas que el sonido adoptaría si pudiera verse a simple vista.
Esta intuición conecta con la tradición de la geometría sagrada y con la cimatica —el estudio de las figuras que producen las ondas sonoras sobre superficies cubiertas de arena o polvo—, disciplina que el científico suizo Hans Jenny sistematizaría en los años sesenta pero cuyos fundamentos eran conocidos en los círculos esotéricos que Varo frecuentó. Las espirales que aparecen en tantos de sus cuadros no son únicamente símbolos del tiempo cíclico o del crecimiento orgánico: son también representaciones de la propagación del sonido en el espacio, ondas que se expanden desde un punto de origen invisible hacia horizontes que el ojo no puede alcanzar.
El éxtasis musical como estado de conocimiento
En varias composiciones de Varo, los personajes se hallan sumidos en estados de absorción musical que recuerdan las descripciones del éxtasis místico. Sus cuerpos se inclinan, se elongan, parecen perder densidad material bajo el efecto de una música que los transforma desde adentro. Esta representación del éxtasis sonoro no es únicamente estética: tiene implicaciones filosóficas y espirituales precisas.
En la tradición pitagórica, que ejerció una influencia notable sobre el pensamiento hermético que Varo conocía bien, la música no era un arte decorativo sino una ciencia capaz de revelar la estructura matemática del cosmos. La musica universalis —la música de las esferas que los planetas producen al girar— era el fundamento invisible del orden cósmico. Los personajes de Varo que escuchan con esa intensidad casi dolorosa no están disfrutando de un entretenimiento: están accediendo, a través del sonido, a verdades sobre la naturaleza del universo que la razón discursiva nunca podría alcanzar.
Sinestesia como método, no como accidente
Lo que distingue el tratamiento varoiano de la música de otras aproximaciones surrealistas al tema es su carácter sistemático. Varo no pintaba la música de manera espontánea o automática, al modo en que los surrealistas más ortodoxos practicaban la escritura automática. Su proceso era deliberado, meditado, técnicamente sofisticado. Estudiaba las propiedades físicas del sonido, leía sobre acústica y sobre las teorías musicales de su tiempo, y luego traducía ese conocimiento en decisiones pictóricas concretas: la elección de determinadas gamas cromáticas para evocar ciertas frecuencias, el uso de líneas curvas para representar la propagación de las ondas, la disposición de las figuras en el espacio para crear ritmos visuales análogos a los ritmos musicales.
Esta disciplina sinestésica convierte sus cuadros en experiencias genuinamente multisensoriales. Quien los contempla con atención no solo ve: también escucha, o al menos experimenta el eco de algo que podría ser escuchado si los sentidos fueran suficientemente agudos.
Una herencia que resuena
La influencia de esta dimensión musical de la obra de Varo sobre artistas y creadores posteriores ha sido más silenciosa que la de otros aspectos de su legado, pero no por ello menos profunda. Artistas sonoros, compositores visuales y diseñadores de experiencias multisensoriales han encontrado en sus lienzos un vocabulario pionero para explorar la frontera entre lo audible y lo visible. En un siglo XXI donde la sinestesia ha dejado de ser una rareza neurológica para convertirse en un paradigma creativo ampliamente valorado, la obra de Remedios Varo aparece como una anticipación extraordinaria de sensibilidades que el mundo tardó décadas en reconocer como propias.