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Análisis Artístico

Botánica del sueño: los espacios vegetales de Remedios Varo como laboratorios de lo imposible

Remedios Varo
Botánica del sueño: los espacios vegetales de Remedios Varo como laboratorios de lo imposible

Existe una paradoja silenciosa en la obra de Remedios Varo: sus jardines son, al mismo tiempo, los lugares más vivos y los más radicalmente ajenos a cualquier experiencia natural. No hay en ellos la exuberancia desordenada que uno esperaría de un bosque real, ni tampoco la geometría domada de un jardín versallesco. Son, en cambio, territorios intermedios donde la materia orgánica ha decidido seguir sus propias reglas, indiferente a la gravedad, a la estación del año y, sobre todo, a la lógica humana.

Para comprender esta dimensión de su trabajo resulta imprescindible situarla en su contexto biográfico e intelectual. Nacida en Anglès, Girona, en 1908, Varo creció rodeada de una educación científica inusualmente rigurosa para una mujer de su época —su padre era ingeniero hidráulico— y desarrolló desde joven una fascinación simultánea por la biología, la alquimia medieval y las tradiciones esotéricas. Cuando llegó a México en 1941, huyendo de la guerra y del fascismo europeo, encontró en la exuberancia tropical del país adoptivo un nuevo vocabulario visual. Sin embargo, lejos de reproducir fielmente aquella naturaleza, la destilará hasta convertirla en algo irreconocible y profundamente suyo.

El jardín como cámara de transformación

En obras como Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959) o Naturaleza muerta resucitando (1963), la vegetación no actúa como telón de fondo sino como agente activo de la narración pictórica. Las plantas trepan, se enrollan en torno a objetos inanimados y parecen dotadas de una voluntad propia. Este animismo vegetal no es gratuito: responde a una concepción alquímica del mundo según la cual toda materia, incluso la aparentemente inerte, contiene un principio dinámico susceptible de ser liberado mediante el conocimiento adecuado.

La alquimia, disciplina que Varo estudió con rigor a través de textos de Paracelso y del esoterismo renacentista, postulaba que la naturaleza era esencialmente un proceso inacabado, una obra en perpetua cocción. Sus jardines pictóricos son, en este sentido, representaciones literales de ese proceso: espacios donde la materia no ha terminado de decidir qué forma quiere adoptar. Una flor puede ser también una lámpara; un árbol puede crecer hacia adentro en lugar de hacia afuera; un fruto puede contener otro mundo en miniatura.

Plantas híbridas y la subversión de la taxonomía

Uno de los rasgos más llamativos de la botánica variana es la proliferación de organismos que no pertenecen a ninguna especie catalogada. Sus flores presentan pétalos que recuerdan a plumas de ave, a engranajes mecánicos o a cristales minerales. Sus tallos adoptan la arquitectura de columnas góticas o de espirales matemáticas. Este hibridismo deliberado constituye una crítica implícita a la rigidez clasificatoria de la ciencia positivista, pero también una propuesta alternativa: la de un conocimiento que integra lo visible y lo invisible, lo racional y lo intuitivo.

Esta postura conecta directamente con la tradición hermética, que concibe la naturaleza como un texto cifrado en el que cada forma visible remite a una verdad espiritual oculta. Para Varo, dibujar una planta imposible no era un ejercicio de fantasía caprichosa sino un acto de revelación: mostrar lo que la naturaleza sería si se despojara de las limitaciones que la observación superficial le impone.

A diferencia de Salvador Dalí, quien utilizaba elementos naturales —especialmente el mundo animal— como detonadores de angustia psicosexual, o de Max Ernst, que construía selvas perturbadoras a partir del automatismo gestual, Varo concibe sus espacios vegetales como lugares de trabajo espiritual. Sus jardines no asustan: invitan. Son laboratorios, talleres, estudios donde algo importante está siendo elaborado con paciencia y precisión.

El invernadero como útero alquímico

Si el jardín abierto representa en Varo un espacio de exploración, el invernadero —o su equivalente pictórico, el recinto cerrado y translúcido— funciona como un útero alquímico: un lugar donde la transformación ocurre en condiciones controladas y protegidas. En varias de sus obras aparecen estructuras acristaladas o semitransparentes que contienen ecosistemas autónomos, mundos dentro del mundo, donde las leyes del exterior no tienen vigencia.

Esta imagen del recinto protegido conecta con la figura alquímica del athanor, el horno hermético donde se produce la Gran Obra. Pero en Varo adquiere también una dimensión profundamente femenina: es el espacio donde la creadora —casi siempre una figura de mujer— ejerce su conocimiento sin interferencias externas. En un contexto histórico en que las mujeres eran sistemáticamente excluidas de los espacios del saber oficial, estos invernaderos pintados funcionan como declaraciones de autonomía intelectual y espiritual.

La gravedad vegetal invertida

Otro elemento recurrente en su botánica imaginaria es la transgresión de la gravedad. Raíces que crecen hacia arriba, flores que flotan desconectadas de sus tallos, semillas que ascienden en lugar de caer: estas inversiones no son meros juegos visuales sino afirmaciones filosóficas. Sugieren que el crecimiento verdadero —el crecimiento espiritual, el que importa— no sigue la dirección que dicta la materia sino la que marca el espíritu.

Esta idea tiene raíces en la mística medieval cristiana, en la Cábala judía —que Varo estudió con interés durante sus años mexicanos— y en las tradiciones sufíes que llegaron a ella a través de lecturas diversas. El árbol cuyas raíces están en el cielo y cuyas ramas tocan la tierra es una imagen recurrente en muchas de estas tradiciones. Varo la traduce al lenguaje visual del siglo XX con una coherencia y una originalidad que no tienen equivalente en ningún otro artista de su generación.

Una naturaleza que no consuela, sino que transforma

Conviene señalar, finalmente, lo que distingue la naturaleza variana de otras visiones contemporáneas. No es una naturaleza consoladora, ni una naturaleza salvaje que amenaza, ni tampoco una naturaleza domesticada que decora. Es, ante todo, una naturaleza activa: un agente que opera sobre los personajes que la habitan y que los modifica de maneras que ellos mismos no siempre comprenden del todo.

En este sentido, los jardines imposibles de Varo son espacios de iniciación. Quien los atraviesa —el espectador tanto como los personajes pintados— no sale igual de como entró. Algo ha cambiado en la percepción, en la comprensión de lo que es posible. Y esa perturbación productiva, ese desplazamiento suave pero irreversible de la mirada, es quizás el legado más duradero de una artista que dedicó su vida entera a demostrar que la realidad siempre es más ancha que cualquier definición que intentemos imponerle.

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