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Biografía y Contexto Histórico

La alquimia del tiempo: cómo Remedios Varo convirtió la noche en materia prima de su arte

Remedios Varo
La alquimia del tiempo: cómo Remedios Varo convirtió la noche en materia prima de su arte

Hay una imagen que los allegados a Remedios Varo repetían con frecuencia cuando intentaban describir a la artista en su cotidianidad: la de una mujer inclinada sobre la mesa de trabajo en las horas más silenciosas de la madrugada, rodeada de frascos, pigmentos y papeles cubiertos de anotaciones en varios idiomas. No era una pose romántica ni una afectación bohemia. Era, simplemente, su manera de existir en el mundo.

La pintora española —nacida en Anglès, Girona, en 1908 y afincada en México tras los años del exilio europeo— construyó su obra maestra con una arquitectura invisible que pocos conocieron en profundidad: la de sus rutinas, sus horarios y sus rituales de creación. Ese andamiaje íntimo, tan alejado de la imagen convencional del artista surrealista entregado al azar y al impulso, es lo que este artículo pretende iluminar.

El taller como laboratorio del alma

El apartamento que Remedios Varo compartió durante años con el poeta Benjamin Péret y, más tarde, con el escritor Walter Gruen en la Ciudad de México, fue mucho más que un espacio doméstico. Quienes lo visitaron —entre ellos Leonora Carrington, su amiga más íntima, y el pintor austriaco Wolfgang Paalen— describían un lugar en perpetua transformación, donde los objetos cotidianos coexistían con instrumentos de precisión, libros de alquimia y botánicos, y bocetos clavados en la pared a distintas alturas.

La artista tenía una relación casi ceremonial con el orden de sus materiales. No toleraba el caos improductivo. Clasificaba los pinceles por grosor y los pigmentos por temperatura cromática, y preparaba sus propias mezclas con una minuciosidad que recordaba más a la práctica de un farmacéutico medieval que a la de una pintora de vanguardia. Esta precisión no era ajena a su obra: la misma exactitud con la que trazaba los engranajes de una máquina fantástica o las venas de un tejido vegetal imposible era la que aplicaba a la organización de su espacio físico.

Los horarios de la madrugada

Varo era, por naturaleza y por elección, una criatura nocturna. Varios testimonios coinciden en señalar que sus sesiones de trabajo más intensas comenzaban cuando la ciudad había enmudecido, generalmente pasada la medianoche, y se prolongaban hasta las primeras luces del amanecer. Esta preferencia no era meramente temperamental: la artista sostenía que el silencio nocturno creaba una especie de membrana protectora alrededor del acto creativo, una zona libre de interrupciones externas que permitía al pensamiento descender hacia capas más profundas.

En sus cartas —algunas de ellas recogidas en estudios biográficos publicados en México y España— Varo aludía a este estado alterado con términos que oscilaban entre lo científico y lo místico. No hablaba de inspiración en el sentido romántico del término, sino de una especie de sintonización progresiva, comparable a la afinación de un instrumento antes de un concierto. La noche era el diapasón que le permitía alcanzar esa frecuencia.

Rituales de umbral

Antes de comenzar a pintar, Remedios Varo practicaba lo que podría denominarse rituales de umbral: pequeñas acciones repetidas con la regularidad de un mantra que señalaban el paso del mundo ordinario al espacio de la creación. Entre estos gestos figuraban la preparación de una infusión —generalmente de hierbas que ella misma seleccionaba con criterios que combinaban el gusto personal con lecturas de herboristería tradicional—, la revisión metódica de los bocetos en curso y, en ocasiones, la lectura en voz baja de fragmentos de textos herméticos o de poesía.

Leonora Carrington, en distintas entrevistas concedidas a lo largo de su larga vida, recordaba que Remedios tenía también la costumbre de caminar en círculos por la habitación antes de sentarse ante el caballete. No era nerviosismo, aclaraba Carrington: era deliberado. Como si la artista necesitara trazar físicamente un perímetro sagrado antes de adentrarse en el territorio de la imagen.

La disciplina como forma de libertad

Uno de los aspectos más reveladores de la personalidad creativa de Varo es la aparente contradicción entre su rigor metódico y la atmósfera de ensoñación libre que emana de sus cuadros. Obras como Bordando el manto terrestre o Exploración de las fuentes del río Orinoco transmiten una sensación de flujo onírico, de imagen surgida espontáneamente de las profundidades del inconsciente. Sin embargo, los documentos y testimonios disponibles apuntan a un proceso radicalmente distinto.

Cada composición era precedida por estudios preparatorios exhaustivos, a veces decenas de bocetos en los que la artista exploraba variaciones de perspectiva, distribución de figuras y relaciones cromáticas. Varo no confiaba en el accidente ni en la improvisación. Confiaba en el trabajo. Su libertad expresiva era, paradójicamente, el resultado de una disciplina casi monástica: cuanto más sólida era la estructura invisible de su preparación, mayor era la fluidez con la que podía moverse dentro de ella.

Esta actitud la distanciaba de ciertos postulados del surrealismo ortodoxo —especialmente del automatismo psíquico tal como lo concebía André Breton— y la acercaba a una concepción del arte más próxima a las tradiciones artesanales que ella admiraba: la miniatura medieval, la ilustración científica del Renacimiento, la pintura flamenca de los primitivos.

El cuerpo como instrumento

La disciplina de Varo no se limitaba al ámbito intelectual o técnico. La artista prestaba una atención considerable a su estado físico durante el proceso creativo. Dormía lo necesario para mantener la concentración, pero no más. Comía con moderación y en horarios irregulares, subordinando las necesidades del cuerpo a los ritmos del trabajo. Quienes la conocieron mencionan que podía permanecer horas en la misma postura, inclinada sobre un detalle microscópico, sin aparente fatiga.

Esta capacidad de concentración sostenida no era innata: Varo la había cultivado desde joven, primero en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, donde recibió una formación académica rigurosa, y después en los años turbulentos del exilio parisino, cuando la precariedad material exigía aprovechar al máximo cada momento de calma disponible.

Un legado de rigor invisible

La obra de Remedios Varo nos llega envuelta en la magia de sus imágenes: los personajes andróginos que navegan en barcos imposibles, los alquimistas que cocinan luz en crisoles de piedra, las mujeres que tejen el universo desde torres inaccesibles. Pero detrás de cada uno de esos prodigios visuales existe un reloj invisible que marca el ritmo de horas incontables de preparación, estudio y ejecución meticulosa.

Conocer esa dimensión oculta de su proceso creativo no reduce el misterio de su obra: lo enriquece. Nos recuerda que el sueño más poderoso no es el que llega sin ser invocado, sino el que se construye pacientemente, noche tras noche, con las manos que no descansan y la mente que nunca deja de buscar.

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